miércoles, 22 de octubre de 2008

CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA

Finalmente llegó el tiempo del cumplimiento de la gran promesa hecha a Abraham. El patriarca tenía cien años y Sara noventa cuando les nació Isaac. Dios quería extender al máximo el momento del nacimiento, en parte para que Abrahán madurara su fe.
Con un hijo de sangre, la promesa hecha por Dios a Abrahán se estaba cumpliendo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

LA PROMESA HECHA A ABRAHÁN

Dios llama a Abrahán de entre todos los habitantes de la tierra, y le hace una promesa. Esta promesa tiene una triple mención (Gén. 12, 1-9; 15, 1-20; 17, 1-8)
Dios le hace a Abrahán una promesa de descendencia y de tierra. “Cada una de estas tres perícopas posee una especificidad teológica. Gén. 12 describe a Abrahán como receptor de la bendición divina (v. 2), pero también como el mediador de esta bendición con respecto a otros pueblos (v. 3). Esta perspectiva universalista está ausente de Gén. 15, relato en el que las relaciones entre Dios y Abrahán son descritas en términos de alianza (v. 18). La alianza se concluye mediante un rito sacrificial (Gén. 15, 9-12. 17-18). En Gén. 17, por último, la alianza entre Dios y Abrahán no pasa por un sacrificio, sino por el don de una ley: la circuncisión (cf. Gén. 17, 9-14). Observemos igualmente la diversidad del vocabulario empleado para nombrar a Dios: Yahvé en Gén. 12, Yahvé y Adonai Yahvé en Gén. 15, Elohim y El Shadday en Gén. 17”.

domingo, 5 de octubre de 2008

ABRAHÁN, MODELO DE FÉ

Abrahán vivió aproximadamente en 1850 a. C. Desde el día que escucho las palabras: "Sal de tu tierra...", se puso en marcha con su familia y bienes. El escuchaba la voz de Dios que lo invitaba a caminar y le prometía una tierra grande y una numerosa “descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”.

“Abrahán fue, así, el modelo de fe, del peregrino que, apoyado solamente en el báculo de la palabra divina, escuchaba día a día la voluntad de Dios para ponerla en práctica, por más absurda que parezca: ¿No era absurdo creer en una descendencia numerosa, cuando los esposos eran estériles y pasados de años? ¿No superaba la lógica humana sacrificar más tarde el único fruto de la ancianidad?... Porque creer es fiarse de lo que se nos dice y se nos promete, pero es, sobre todo aceptar y confiarse en Aquél que nos lo dice y nos lo promete”